Amparo Segarra – #09640
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En el centro del cuadro, una figura masculina, vestida con traje oscuro y máscara, se encuentra suspendida en el aire, como si desafiara la gravedad. Su posición es tensa, su gesto ambiguo; parece estar a punto de saltar o caer, generando una inquietud visual. Un sillón de mimbre, también flotante, lo acompaña, acentuando aún más la irrealidad del escenario.
A la derecha, un grupo de músicos uniformados, ataviados con indumentaria militar de época, ejecutan instrumentos de viento-metal. Su presencia introduce una nota festiva y ceremonial que contrasta radicalmente con el ambiente gélido y la figura central suspendida. La rigidez de sus posturas y la formalidad de su atuendo sugieren una coreografía impuesta, un ritual absurdo.
En el extremo izquierdo, otro personaje militar, con un uniforme igualmente ostentoso, se destaca por su posición ligeramente alejada del resto del grupo. Su mirada parece dirigida hacia el espectador, estableciendo una conexión incómoda y cuestionando la veracidad de lo que se presenta.
Un detalle particularmente llamativo es la mano masculina que emerge en la parte inferior izquierda, sosteniendo un reloj de bolsillo. El objeto, símbolo del tiempo y la medición, introduce una dimensión temporal a la escena, sugiriendo una vigilancia constante o una cuenta regresiva inminente. La presencia del reloj podría interpretarse como una crítica al control, a la burocracia o a la pérdida de la individualidad en un sistema rígido.
La composición general sugiere una sátira sobre el poder, la autoridad y las convenciones sociales. El uso de imágenes recortadas y yuxtapuestas crea una atmósfera onírica y surrealista, donde lo familiar se distorsiona y lo absurdo se convierte en norma. La ausencia de un punto focal claro obliga al espectador a navegar por la imagen, buscando sentido entre los elementos dispares. La obra invita a cuestionar las estructuras de poder, la naturaleza del tiempo y la propia percepción de la realidad. El contraste entre la frialdad del paisaje polar y la artificialidad de las figuras crea una tensión palpable que mantiene el interés del observador.