Lorenzo Lotto – ALLEGORY OF CHASTITY, C. 1505, NGW
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En primer plano, una figura femenina, vestida con una túnica blanca que resalta su pureza, se encuentra sentada sobre una roca cubierta de hierba. Su postura es introspectiva; sus manos están juntas frente a ella, como en oración o meditación, y su mirada dirigida hacia arriba. De su cabeza emana un halo de burbujas luminosas, un elemento inusual que podría simbolizar la virtud, la inspiración divina o una conexión con lo espiritual.
A ambos lados de la figura central se ubican dos personajes masculinos desnudos. Uno, a la izquierda, parece observarla con cierta timidez y reverencia; su posición sugiere una especie de cortejo respetuoso. El otro, a la derecha, está inclinado sobre un recipiente, posiblemente recogiendo agua o realizando algún ritual relacionado con el entorno natural. Su presencia introduce una nota de sensualidad contenida que contrasta con la castidad representada por la mujer.
En la parte superior del cuadro, un ángel, también desnudo y con una expresión serena, vierte un líquido brillante sobre un árbol joven. Este acto podría interpretarse como una bendición o una fertilización simbólica, reforzando el tema de la pureza y la virtud que emana de la figura femenina central.
El paisaje en sí mismo es significativo. La densa vegetación sugiere un paraíso terrenal, pero también puede aludir a los peligros y tentaciones del mundo. Las montañas lejanas representan una aspiración hacia lo trascendente, mientras que el cielo crepuscular evoca la fugacidad de la vida y la importancia de la virtud en medio de las pruebas.
La pintura parece explorar la tensión entre la pureza espiritual y los deseos terrenales. La figura femenina encarna la castidad y la virtud, mientras que los personajes masculinos representan la atracción física y el deseo. El ángel y el árbol bendecido simbolizan la esperanza y la redención a través de la fidelidad a los principios morales. En definitiva, se trata de una reflexión sobre la naturaleza humana, la tentación y la búsqueda de la perfección espiritual en un mundo imperfecto. La composición, con su equilibrio entre luz y sombra, lo terrenal y lo divino, invita a la contemplación y a la introspección.