Vasily Kandinsky – Blue mountain. 1908 -
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A ambos lados de esta estructura principal, la artista ha dispuesto grandes áreas de color: un sector amarillo-dorado a la izquierda, y uno carmesí-magenta a la derecha. Estos bloques cromáticos no se integran de manera armónica; más bien, parecen confrontarse, generando una tensión visual palpable. La pincelada es gruesa e impasto, lo que acentúa la textura y la vitalidad del color.
En el primer plano, se distinguen figuras humanas estilizadas, casi esquemáticas, que parecen avanzar hacia la montaña. Estas figuras, pintadas en tonos pálidos y con contornos difusos, sugieren una peregrinación o un ascenso espiritual. No son retratos individuales; más bien, representan a la humanidad en su relación con la naturaleza y lo trascendente.
La ausencia de perspectiva tradicional y la simplificación de las formas contribuyen a crear una atmósfera onírica y simbólica. El color no se utiliza para imitar la realidad, sino para expresar emociones y estados de ánimo. La paleta es intensa y contrastada, evocando sentimientos de alegría, inquietud y misterio.
Se puede interpretar esta obra como una reflexión sobre la relación entre el hombre y la naturaleza, o como una búsqueda de lo espiritual a través de la experiencia sensorial. La montaña, en este contexto, podría simbolizar un ideal inalcanzable, un desafío que exige esfuerzo y perseverancia. La presencia de las figuras humanas sugiere la aspiración humana por superar sus limitaciones y alcanzar un estado superior de conciencia. El uso del color, con su fuerza expresiva, intensifica esta sensación de anhelo y trascendencia. La obra invita a una contemplación introspectiva, más allá de la mera representación visual.