Impression III (Concert) Vasily Kandinsky (1866-1944)
Vasily Kandinsky – Impression III (Concert)
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Pintor: Vasily Kandinsky
Pintado en 1911, en óleo sobre lienzo, tamaño 77,5 por 100 cm. Situado en la Lenbachhaus, Múnich, Alemania. Vasily Vasilievich no sólo fue un destacado artista, sino también un teórico. Creía que el arte debía desprenderse de las ataduras impuestas por la forma física de los objetos y fenómenos y comunicar al espectador la esencia más profunda de las ideas. Su clasificación de los cuadros se divide en composiciones, improvisaciones e improvisaciones.
Descripción del cuadro de Wassily Kandinsky "Impresión III (concierto)".
Pintado en 1911, en óleo sobre lienzo, tamaño 77,5 por 100 cm. Situado en la Lenbachhaus, Múnich, Alemania.
Vasily Vasilievich no sólo fue un destacado artista, sino también un teórico. Creía que el arte debía desprenderse de las ataduras impuestas por la forma física de los objetos y fenómenos y comunicar al espectador la esencia más profunda de las ideas. Su clasificación de los cuadros se divide en composiciones, improvisaciones e improvisaciones. Este último se refiere a esta obra e implica una representación de los sentimientos internos del autor sobre ciertas cosas o acontecimientos. El cuadro refleja las emociones experimentadas por el compositor austriaco-estadounidense Arnold Schoenberg, con el que más tarde entabló una amistad basada en la comprensión compartida de las imágenes musicales y pictóricas.
La persona promedio que ve tales abstracciones expresionistas debe apagar lo racional y sentir con el alma, con una visión especial, tratando de comprender todos los matices no con la mente. Sin embargo, en lo que respecta a la obra de este maestro, se puede entender bastante lo que está escrito si se mira con atención. Porque la gran cosa negra recuerda mucho a un piano de cola por su forma. Aferrándose a esta asociación, resulta lógico suponer que en la esquina inferior izquierda se representa al público, y en la superior, respectivamente, al resto de la orquesta, que destaca con sus líneas de carbón que se asemejan a arcos. También se aprecia a simple vista la energía del movimiento: trazos, manchas grandes y pequeñas, que apuntan en diagonal hacia la esquina derecha.
El color también tiene un significado especial. El amarillo es muy descarado y dinámico, es inquietante, afectando fuertemente a quien lo mira, el azul, cada vez más oscuro, evoca un anhelo creciente, el rojo da poder y fuerza agresiva, el negro simboliza un abismo desvanecido y algo totalmente visceral.
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En esta composición pictórica, se observa una vibrante interacción de formas y colores que sugieren un concierto o una experiencia musical intensa. El fondo predominante es un amarillo cálido, casi luminoso, que actúa como un espacio resonante para las figuras que lo pueblan. Estas no representan objetos reconocibles en el sentido tradicional; más bien, son manchas y pinceladas de color que se entrelazan y superponen, creando una sensación de movimiento y energía.
El artista ha dispuesto una serie de formas irregulares: algunas alargadas y verticales, otras redondeadas y horizontales, y otras fragmentadas como si fueran destellos fugaces. El negro, presente en una forma central imponente, actúa como un eje gravitacional que atrae la atención del espectador. Se perciben toques de rojo, azul, verde y blanco, cada uno contribuyendo a la complejidad cromática general. La ausencia de líneas definidas y la superposición deliberada de los colores generan una atmósfera difusa, casi onírica.
La pintura no busca representar un concierto específico, sino más bien evocar la sensación del concierto: el flujo emocional, la intensidad sonora, la experiencia subjetiva del oyente. Las formas parecen danzar al ritmo de una música invisible, transmitiendo una impresión de alegría y dinamismo. La pincelada es suelta y expresiva, lo que refuerza la idea de un momento capturado en su esencia más pura, sin pretensiones narrativas o descriptivas.
Subyace aquí una exploración de la relación entre el sonido y la visión, sugiriendo que la música puede ser visualizada como una serie de formas y colores en movimiento. La obra invita a la contemplación introspectiva, permitiendo al espectador proyectar sus propias emociones y recuerdos sobre la superficie pictórica. La ausencia de referencias concretas libera la imaginación, transformando el concierto representado en un espacio simbólico donde la experiencia personal se convierte en protagonista.