Vasily Kandinsky – Quirky
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El autor ha dispuesto diversos elementos geométricos aparentemente flotantes sobre este fondo terroso. Se observan círculos de diferentes tamaños y colores – uno verde esmeralda a la izquierda, otro negro más oscuro en el centro superior, y un tercer círculo con una forma lunar a la derecha– que parecen desafiar la gravedad. Líneas verticales, algunas paralelas y otras convergentes, se elevan desde distintos puntos del lienzo, creando una sensación de dinamismo ascendente. Estas líneas no son meras divisiones; sugieren estructuras arquitectónicas fragmentadas o quizás, un bosque de torres imaginarias.
Una banda horizontal, que recorre la parte central de la obra, actúa como un horizonte ambiguo. Sobre ella se proyectan figuras estilizadas y simplificadas: siluetas humanas esquemáticas, casi arquetípicas, con brazos alzados en gestos inciertos. Se intuyen también formas que podrían interpretarse como ventanas o portales, revelando fragmentos de una arquitectura fantástica tras ellos.
La composición carece de una perspectiva tradicional; los elementos se superponen y se intersecan sin seguir un orden lógico espacial. Esta ausencia de jerarquía visual contribuye a la sensación de irrealidad y misterio que emana del conjunto.
Más allá de la mera disposición formal, esta pintura parece explorar temas relacionados con la espiritualidad y la conexión entre el individuo y su entorno. Los círculos podrían simbolizar la totalidad o lo divino, mientras que las figuras humanas representan la búsqueda humana de significado en un mundo fragmentado. La paleta cálida y terrosa evoca una sensación de arraigo y pertenencia, contrastando con la naturaleza etérea y abstracta de los elementos visuales. La obra invita a la contemplación y a la interpretación subjetiva, dejando al espectador la tarea de construir su propio relato a partir de estos símbolos fragmentados. Se intuye un anhelo por trascender lo material y acceder a una realidad más profunda e inefable.