Jan Brueghel The Elder – Allegory of the Five Senses (and Hendrick van Balen)
Ubicación: Private Collection
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En primer plano, una mujer recostada sobre un lecho floral extiende su mano hacia una figura femenina que parece ofrecerle una fruta. Este gesto central sugiere una entrega, una invitación a la experiencia sensorial. A su alrededor, numerosos putti o ángeles infantiles se agolpan, participando en diversas actividades: algunos juegan con frutas y flores, otros observan con curiosidad, mientras que uno de ellos sostiene un espejo que refleja la imagen de una figura femenina vestida de rojo.
La paleta cromática es rica y vibrante, dominada por tonos cálidos como el dorado, el rojo y el ocre, que acentúan la sensación de opulencia y placer. La luz, difusa pero intensa, ilumina los cuerpos con un brillo casi palpable, resaltando la textura de las pieles y la suavidad de las telas.
En el plano medio, una mesa rebosante de alimentos y objetos preciosos sugiere un festín para los sentidos. Alrededor de ella, varias figuras se congregan, algunas absortas en su propia contemplación, otras participando en el banquete. Se percibe una atmósfera de despreocupación y hedonismo.
En la parte superior del cuadro, una figura femenina vestida con un manto rojo se eleva sobre los demás personajes, como si fuera una personificación de la sensualidad o del amor. Su presencia imponente sugiere una supervisión benevolente sobre las actividades que tienen lugar en el jardín. La vegetación densa enmarca la escena, creando una sensación de intimidad y aislamiento del mundo exterior.
Subtextualmente, la obra parece explorar la naturaleza de los sentidos y su capacidad para generar placer y deleite. La abundancia de frutas, flores y alimentos simboliza la riqueza sensorial que nos rodea, mientras que las figuras humanas y divinas representan diferentes aspectos de la experiencia humana: el amor, la belleza, el deseo, la curiosidad. La presencia constante de los putti sugiere una inocencia y una alegría despreocupada, contrastando quizás con la complejidad de las emociones adultas. El espejo, como elemento recurrente en el arte del período, podría aludir a la vanidad o a la reflexión sobre la propia imagen y percepción. En general, se intuye una alegoría que invita a la contemplación de los placeres terrenales y su relación con lo divino.