Jan Brueghel The Elder – Feast of the Olympian gods
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En primer plano, se aprecia una figura femenina vestida con ropajes rojos, posiblemente una diosa o personificación alegórica, observando la escena con una expresión de serena contemplación. A su lado, una mujer reclinada, ataviada con un manto azul, parece absorta en la música que interpreta un joven tocador de flauta. La disposición de estas figuras sugiere una jerarquía visual y quizás narrativa, situándolas como observadoras privilegiadas del festín que se desarrolla más atrás.
El núcleo de la pintura está dominado por una mesa rebosante de frutas, flores y alimentos, alrededor de la cual se congregan numerosas figuras divinas o mitológicas. Se percibe un ambiente de desenfreno controlado; hay gestos de alegría, risas, música y danza, pero también una sutil tensión palpable en las miradas y poses de algunos personajes. La profusión de cuerpos desnudos no parece tener una intención erótica explícita, sino más bien celebra la belleza idealizada del cuerpo humano y su conexión con la naturaleza.
El uso magistral de la luz y la sombra contribuye a crear una sensación de profundidad y dramatismo. Los putti, dispersos por toda la composición, añaden un elemento de ligereza y alegría infantil, contrastando con la solemnidad de las figuras principales. La vegetación exuberante que enmarca la escena refuerza la idea de un paraíso terrenal, un lugar de abundancia y placer sin límites.
Subyacentemente, la obra parece explorar temas como el poder divino, la fertilidad, la música como fuente de armonía cósmica y la fugacidad del tiempo. La presencia de elementos simbólicos, como las frutas, las flores y los instrumentos musicales, invita a una interpretación alegórica más profunda. Se intuye una reflexión sobre la naturaleza humana, sus pasiones, sus virtudes y sus limitaciones, todo ello dentro de un contexto mitológico y ritual. El conjunto transmite una sensación de grandiosidad y trascendencia, invitando al espectador a participar en este banquete celestial.