Henri Matisse – img090
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El escritorio se presenta como un cúmulo desordenado de objetos personales y herramientas de trabajo. Se distinguen papeles dispersos, una lámpara de verde esmeralda que emite una luz cálida y focalizada, un sombrero de copa colocado sobre una pila de libros o documentos, y una jarra de cerámica blanca que contrasta con la oscuridad circundante. A su lado, se vislumbra una botella de vidrio, posiblemente conteniendo tinta o algún disolvente.
En las paredes del estudio, se aprecian varios cuadros enmarcados, algunos de ellos apenas perceptibles debido a la penumbra. Estos marcos sugieren un ambiente intelectual y artístico, un lugar dedicado a la creación y al pensamiento. Una abertura rectangular en la pared posterior permite entrever una vista exterior, aunque esta está velada por sombras y se percibe como un espacio indefinido. Un círculo luminoso, posiblemente la luna o un reflejo, ilumina parcialmente esa zona, añadiendo un elemento de misterio e irrealidad.
La composición es asimétrica y fragmentaria. El artista no busca una representación realista del espacio, sino más bien transmitir una impresión subjetiva, una sensación de introspección y melancolía. La disposición aparentemente aleatoria de los objetos sugiere una vida dedicada al trabajo creativo, un proceso que puede ser caótico y desorganizado.
Subyace en la obra una reflexión sobre el tiempo transcurrido, la memoria y la soledad del artista. El desorden del escritorio podría interpretarse como una metáfora de la complejidad del pensamiento creativo o de los recuerdos acumulados a lo largo de una vida. La luz tenue y la atmósfera opresiva contribuyen a crear un ambiente contemplativo, invitando al espectador a sumergirse en el mundo interior del artista. La presencia de los cuadros en las paredes sugiere una conversación silenciosa entre el artista y sus predecesores, o quizás con su propio pasado artístico. La imagen evoca una sensación de quietud y reflexión profunda, un instante capturado en la vida de un creador.