Part 4 Louvre – Jan Davidsz. de Heem (1606-1683 or 1684) -- Still Life with Fruit, Lobster, and Goldfinch, detail
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Aquí se observa una composición de naturaleza muerta que despliega un suntuoso inventario de elementos culinarios y ornamentales. La escena se articula sobre una mesa oscura, casi ausente, que sirve de soporte para una profusión de objetos cuidadosamente dispuestos. En primer plano, una cesta de mimbre rebosa de uvas verdes y moradas, melones, higos y otras frutas de tonos vibrantes. Un limón, parcialmente pelado, revela su pulpa jugosa, mientras que un plato de plata contiene lo que parecen ser ostras rojas, sugiriendo una opulencia marina.
La presencia del langostino, con sus colores intensos y su postura amenazante, introduce una nota de dinamismo en la quietud general de la composición. Su brillo resalta sobre el terciopelo verde esmeralda que sirve como base para gran parte de la disposición. En un plano superior, se distingue un candelabro de bronce dorado, cuyo reflejo multiplica las luces y sombras, acentuando la riqueza material de la escena.
La tela azul oscura que cae desde arriba actúa como un telón teatral, enmarcando el conjunto y creando una sensación de profundidad. Se percibe, a través de ella, una abertura hacia un espacio exterior, donde se vislumbra una maceta colgante y parte de una arquitectura indefinida. Un pequeño pájaro rojo, posado sobre la cesta, añade un toque de vitalidad y movimiento a la escena estática.
La pintura transmite una clara declaración de abundancia y prosperidad. La meticulosa representación de las texturas – la rugosidad del mimbre, el brillo de la plata, la suavidad del terciopelo, la jugosidad de la fruta – invita a una experiencia sensorial intensa. Más allá de su valor estético, esta naturaleza muerta puede interpretarse como un símbolo de la transitoriedad de los placeres terrenales (el vanitas), donde la belleza y la riqueza son efímeras y están sujetas al paso del tiempo. La presencia de elementos perecederos, como las frutas maduras y el langostino, refuerza esta idea subyacente sobre la fugacidad de la vida y la importancia de la reflexión moral. El conjunto evoca una atmósfera de refinamiento y ostentación, propia de un contexto social donde la exhibición del lujo era un signo de estatus y poder.