Paul Gauguin – Contes barbares, 1902, 130x89 cm, Museum Folkwang, E
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En el centro, dos jóvenes, presumiblemente varones, se encuentran sentados uno junto al otro. La figura de la izquierda presenta un tono cutáneo más oscuro que la de su compañero, quien exhibe una piel rojiza y cabellos del mismo color, adornado con flores. Sus rostros están serenos, casi inexpresivos, aunque se percibe una sutil cercanía física entre ellos, marcada por el contacto visual y la proximidad de sus cuerpos. La ausencia de detalles individualizantes en los rasgos faciales contribuye a su carácter arquetípico, sugiriendo que representan conceptos o ideas más allá de identidades concretas.
El fondo está construido con una atmósfera brumosa, dominada por tonos azules y verdes, donde se distinguen siluetas arbóreas y flores de un rosa intenso. Esta zona posterior no ofrece claridad ni detalles precisos, sino que funciona como un telón de fondo difuso que acentúa la sensación de misterio y aislamiento que emana del grupo central.
La paleta cromática es deliberadamente limitada, con predominio de tonos terrosos, azules y rojos, creando una atmósfera melancólica y enigmática. La pincelada es plana y expresiva, sin buscar el realismo mimético, sino más bien la transmisión de emociones y sensaciones.
Subtextualmente, esta pintura podría interpretarse como una reflexión sobre temas como la identidad, la diferencia, la mirada del otro y la búsqueda de un paraíso perdido o idealizado. La presencia del hombre occidental observador sugiere una relación de poder y distancia cultural, mientras que la cercanía entre los dos jóvenes puede aludir a una conexión íntima o a una forma de comunión espiritual. El entorno natural exuberante, pero a la vez opresivo, podría simbolizar tanto la promesa de abundancia como el peligro del desconocimiento. En definitiva, se trata de una obra que invita a la contemplación y a la interpretación subjetiva, dejando al espectador la tarea de desentrañar sus múltiples significados ocultos.