Eduardo Naranjo – #38084
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La figura reflejada, situada tras el espejo entreabierto, presenta una postura similar a la de la niña visible, pero con un aire etéreo y desvanecido. La iluminación que incide sobre ella es más tenue, sugiriendo una presencia espectral o una versión pasada de sí misma. El espejo no solo actúa como superficie reflectante, sino también como barrera entre dos realidades, dos momentos en el tiempo o dos facetas de la identidad.
En el suelo, frente a la puerta del armario donde se encuentra el espejo, yacen unas rosas marchitas y dispersas. Este detalle introduce una nota de tristeza y decadencia, posiblemente aludiendo a la fugacidad de la infancia, la pérdida de la inocencia o un sentimiento de añoranza por tiempos pasados. La disposición desordenada de las flores refuerza esta sensación de fragilidad y transitoriedad.
La composición en blanco y negro acentúa el dramatismo de la escena y contribuye a crear una atmósfera onírica y nostálgica. El juego de luces y sombras resalta los volúmenes y texturas, enfatizando la delicadeza del rostro de la niña y la transparencia del espejo.
Subyacentemente, la obra parece explorar temas como la identidad, el tiempo, la memoria y la dualidad. La presencia de la figura reflejada sugiere una reflexión sobre el yo interior, las versiones pasadas de uno mismo y la búsqueda de la propia esencia. El espejo se convierte en un símbolo de introspección y autodescubrimiento, mientras que las rosas marchitas evocan la inevitabilidad del cambio y la pérdida. La imagen invita a la contemplación y a una reflexión sobre la naturaleza efímera de la existencia.