Carlos De Haes – haes1
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Las cumbres montañosas se elevan dramáticamente, esculpidas por la erosión y bañadas por una luz dorada que sugiere un amanecer o atardecer. La atmósfera es densa, con nubes dispersas que suavizan los contornos de las rocas y crean un efecto brumoso en la distancia. Esta neblina contribuye a la sensación de misterio y grandiosidad del paisaje.
La paleta cromática se caracteriza por tonos verdes predominantes, variando desde el verde oscuro y profundo de la vegetación hasta el verde amarillento que ilumina las laderas rocosas. El uso de pinceladas sueltas y expresivas en el cielo y en las nubes sugiere movimiento y dinamismo.
Más allá de una mera representación descriptiva del paisaje, esta pintura parece explorar temas relacionados con la inmensidad de la naturaleza y la pequeñez del ser humano frente a ella. La ausencia de figuras humanas refuerza esta idea de soledad y contemplación. Se intuye una invitación a la reflexión sobre el poderío natural y la fugacidad de la existencia. El juego de luces y sombras, además, podría interpretarse como una metáfora de las fuerzas ocultas que moldean el mundo. En definitiva, se trata de una obra que busca evocar emociones y despertar la imaginación del espectador.