Élisabeth Louise Vigée Le Brun – Ernestine-Frederique, Princesse de Croy
Ubicación: National Museum (Nationalmuseum), Stockholm.
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La modelo exhibe una expresión serena, casi melancólica, con los ojos ligeramente desviados hacia abajo, lo cual sugiere introspección o quizás una sutil tristeza. Su tez es pálida, resaltada por un rubor delicado en las mejillas y labios, que contribuye a la impresión de fragilidad y refinamiento. El cabello, peinado según la moda de la época, se eleva en una elaborada estructura con rizos voluminosos, adornada con flores rosadas que aportan un toque de color y naturalidad al conjunto.
La vestimenta es igualmente característica del período: un vestido ligero y vaporoso, posiblemente de seda o muselina, con escote pronunciado atado con un lazo delicado. La transparencia del tejido permite entrever una insinuación de piel, lo cual era común en los retratos femeninos de la época como símbolo de elegancia y sofisticación.
El tratamiento de la luz es fundamental para la atmósfera general de la obra. Una iluminación suave y difusa ilumina el rostro y el cuello de la modelo, creando un juego de sombras que modelan sus facciones y acentúan su belleza. La técnica pictórica sugiere una búsqueda de realismo en los detalles, aunque idealizados, como se aprecia en la textura de la piel y la delicadeza del cabello.
Más allá de la representación literal, esta pintura parece sugerir un retrato psicológico. El gesto contemplativo de la modelo, junto con la paleta de colores suaves y el fondo oscuro, evocan una sensación de misterio e introspección. Se intuye una cierta vulnerabilidad tras la apariencia refinada, lo que podría interpretarse como una reflexión sobre la fragilidad de la existencia o las presiones sociales impuestas a la mujer en su época. La presencia de las flores puede simbolizar tanto belleza efímera como un anhelo por la naturaleza y la libertad. En definitiva, el retrato trasciende la mera representación física para ofrecer una ventana a la complejidad emocional de la retratada.