Gustave Dore – Dore
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En el centro de la escena, emerge una figura monstruosa, imponente y amenazante. Su anatomía es ambigua; posee rasgos tanto animales como humanos, con unas alas extendidas que sugieren vuelo y dominio sobre el espacio. La criatura se presenta en tonos oscuros, casi negros, lo que intensifica su aura de misterio y terror. Su posición parece ser la de vigilancia o incluso depredación, observando los cuerpos inertes a sus pies.
El fondo del cuadro está ocupado por una ciudad devastada, envuelta en un velo brumoso y bajo un cielo tormentoso. La atmósfera es densa y opresiva, con nubes oscuras que presagian más calamidades. La perspectiva forzada acentúa la distancia entre el primer plano y el fondo, creando una sensación de inmensidad y aislamiento.
Más allá de su valor descriptivo, esta pintura plantea interrogantes sobre la fragilidad humana frente a fuerzas superiores, ya sean naturales o sobrenaturales. La representación del monstruo podría interpretarse como una alegoría del mal, la destrucción o incluso la propia muerte. La ciudad en ruinas simboliza la decadencia y el fin de una era. El conjunto sugiere una reflexión sobre la condición humana, marcada por la vulnerabilidad, el sufrimiento y la inevitabilidad del destino. La ausencia casi total de color vibrante refuerza la impresión general de desesperanza y pérdida. Se percibe un intento de transmitir no solo un evento específico, sino también una sensación de temor primario e ineludible.