Gustave Dore – img133
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El lobo domina la composición por su tamaño y posición; su cuerpo ocupa gran parte del espacio, proyectando una sombra que contribuye a la atmósfera de tensión. La anatomía del animal está representada con meticuloso detalle, evidenciando una intención de realismo en el dibujo. Su mirada, aunque no agresiva, es penetrante y sugiere un cálculo silencioso.
La disposición de los personajes establece una relación de proximidad inquietante. No hay distancia física entre la niña y el lobo; se tocan casi visualmente, acentuando la vulnerabilidad de la primera frente a la amenaza latente del segundo. La línea horizontal del camino contrasta con las líneas verticales de los árboles y la figura del lobo, creando una sensación de inestabilidad y movimiento.
El uso del claroscuro es notable; el artista ha empleado un trazo firme y contrastado para modelar las formas y generar profundidad. La luz parece provenir de una fuente externa, iluminando parcialmente a la niña y al lobo, mientras que el resto del bosque permanece sumido en la penumbra.
Subtextualmente, esta imagen evoca temas de inocencia frente a peligro, engaño y la fragilidad humana ante las fuerzas naturales o, quizás, simbólicas. La aparente calma de la niña contrasta con la potencial amenaza que representa el lobo, sugiriendo una situación cargada de incertidumbre y presagio. La cesta de panecillos podría interpretarse como un símbolo de ofrenda o de ingenuidad, mientras que el gorro rojo, tradicionalmente asociado a la tentación y al peligro, añade una capa adicional de significado a la escena. La densidad del bosque, con su maraña de líneas, refuerza la idea de un entorno desconocido y potencialmente hostil.