Velázquez, Diego Rodríguez de Silva y – La Adoración de los Reyes Magos Part 3 Prado Museum
Part 3 Prado Museum – Velázquez, Diego Rodríguez de Silva y -- La Adoración de los Reyes Magos
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¡Cuántos pintores han pintado sobre este tema! Y cuántos lienzos con ese título se exponen en museos de todo el mundo. Pero este lienzo de Velázquez llama la atención por su tranquilidad y castidad. Lo más interesante es aún darse cuenta de que este tema fue retratado sin conocer los hechos y detalles reales. Lo que lleva a que la lectura de un importante episodio bíblico sea interesante, pero errónea de cabo a rabo.
Descripción del cuadro La adoración de los Reyes Magos de Diego Velázquez
¡Cuántos pintores han pintado sobre este tema! Y cuántos lienzos con ese título se exponen en museos de todo el mundo. Pero este lienzo de Velázquez llama la atención por su tranquilidad y castidad. Lo más interesante es aún darse cuenta de que este tema fue retratado sin conocer los hechos y detalles reales. Lo que lleva a que la lectura de un importante episodio bíblico sea interesante, pero errónea de cabo a rabo. Por ejemplo, su ropa.
Velázquez, al no saber cómo vestían los palestinos o los judíos, vistió a todos los personajes con sus ropas contemporáneas. Y el Niño no está en un pesebre, sino en el regazo de su madre. Y los tres reyes magos parecen tres honorables señores de la ciudad, y lo único que delata su misión son los tres cuencos cubiertos de regalos. Sin estos elementos, uno habría pensado que se trataba de una visita profana a una fiesta de cumpleaños.
Lo que el pintor ha mantenido fiel es la apariencia de la Virgen y el Niño. Sumisión, dulzura, un cierto destino... ¿Y el fondo del cuadro? Velázquez no lo pintó con detalle, pero en la esquina izquierda del cuadro vemos un paisaje y está representado al atardecer. ¿No es el Gólgota? El mismo lugar donde Cristo fue ejecutado. Y aquí uno se pregunta con qué claridad y concisión el pintor retrató todo el camino de Cristo desde la Navidad hasta la Resurrección. Mientras tanto, lo único que habla de este último es el paisaje montañoso claramente iluminado por el sol que se aleja. Es cierto que el paisaje resultó muy europeo, porque el autor nunca había visto la tierra donde nació Cristo. Y todos los pintores medievales lo sufrieron, no sólo Velázquez.
Aun así, el cuadro es hermoso, aunque parezca oscuro. Pero como un punto de luz brillante atrae el rostro del niño. Sus ojos infantiles ya están pensativos. Lo sorprendente es que Velázquez envolvió al Niño, no le dio espacio. Mientras que otros autores han tratado de no envolverlo, de retratarlo como si estuviera extendido al mundo.
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En primer plano, un hombre de tez morena se arrodilla en gesto de adoración, ofreciendo un recipiente que contiene lo que parece ser una ofrenda preciosa. Su vestimenta, rica en texturas y colores cálidos, contrasta con la sobriedad de las túnicas de los otros presentes. A su lado, otro hombre, de rostro curtido y expresión concentrada, se inclina también ante la figura central.
La figura femenina, envuelta en un velo translúcido, sostiene en sus brazos a un niño pequeño. Su mirada es serena y contemplativa, transmitiendo una sensación de recogimiento y protección maternal. El hombre que la acompaña, con su rostro marcado por las líneas del tiempo, observa la escena con una expresión de respeto y devoción.
En el segundo plano, otros personajes se agolpan, algunos observando atentamente lo que ocurre, mientras que otros parecen más distantes o incluso indiferentes. La diversidad étnica de los presentes es notable; un hombre de piel oscura destaca por su vestimenta elegante y la presencia de una turbante en su cabeza, sugiriendo orígenes lejanos y exóticos.
La composición no se limita a una simple representación narrativa. El artista parece interesado en explorar temas más profundos como la humildad, la devoción, el misterio y la universalidad del acto de adoración. La inclusión de personajes de diferentes culturas podría interpretarse como un símbolo de la aceptación y la unidad bajo una fe común. El paisaje distante, apenas visible a través de la abertura arquitectónica, evoca la trascendencia y lo divino que subyace en el evento representado. La disposición de las figuras, con sus gestos y miradas interconectados, crea una sensación de movimiento y dinamismo dentro del espacio pictórico. La técnica utilizada, con su dominio del claroscuro y la atención al detalle en los tejidos y los rostros, contribuye a la atmósfera de solemnidad y realismo que impregna la obra.