Ettore Tito – Le Ondine
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Las figuras, presumiblemente femeninas, están representadas con una belleza idealizada, pero también con una cierta fragilidad y vulnerabilidad. Sus gestos son ambiguos: algunos parecen extender sus manos en súplica o invitación, mientras que otros denotan temor o resignación. La composición es dinámica; las figuras no se presentan de forma estática, sino que sugieren movimiento, un flujo constante entre la superficie y el abismo.
El agua juega un papel fundamental. No es una representación realista del mar, sino más bien una fuerza simbólica, un elemento primordial que engloba a los personajes. Las olas, pintadas con pinceladas rápidas y expresivas, contribuyen a la sensación de inestabilidad y caos. Se aprecia una cierta turbulencia en el agua, como si estuviera agitada por una corriente invisible o por una emoción contenida.
En el extremo derecho del cuadro, una figura montada sobre lo que parece ser un caballo marino, o una criatura marina similar, añade un elemento de fantasía y simbolismo. Esta figura se eleva ligeramente por encima de las demás, sugiriendo quizás un estatus superior o una conexión más profunda con el mundo acuático.
La presencia de aves marinas en la parte superior del cuadro refuerza la idea de un espacio abierto e infinito, pero también evoca una sensación de soledad y aislamiento. El cielo, difuso y brumoso, contribuye a la atmósfera onírica y etérea de la obra.
Subtextualmente, esta pintura podría interpretarse como una alegoría sobre la condición humana, la lucha entre el deseo y la represión, o la búsqueda de un refugio en un mundo inestable e impredecible. La relación entre las figuras sugiere una comunidad, pero también una tensión latente, una posible amenaza que se cierne sobre ellas. El agua, como símbolo de lo inconsciente, podría representar los miedos, las esperanzas y los deseos ocultos que impulsan a estos personajes. En definitiva, la obra invita a la reflexión sobre temas universales como el amor, la pérdida, la libertad y la mortalidad.