Leon Bakst – daphnis et chloe scenery-for-act-ii 1912
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La luz, difusa y uniforme, baña la escena con una tonalidad cálida que acentúa el color rojizo de las rocas. El cielo, de un azul pálido salpicado de nubes algodonosas, contrasta con la calidez terrosa del suelo y las formaciones pétreas. En primer plano, se aprecian figuras humanas diminutas, apenas esbozadas, que sugieren una narrativa en desarrollo; su escala reducida refuerza la sensación de monumentalidad del entorno.
El autor ha empleado una pincelada expresiva, con trazos visibles y una aplicación de color no siempre realista. Esta técnica contribuye a la atmósfera onírica y estilizada de la obra. La ausencia de detalles precisos en el paisaje –la vegetación se reduce a manchas verdes indefinidas– apunta a un interés primordial por crear una ambientación simbólica, más que una representación fiel del lugar.
Subyace una tensión entre lo natural y lo artificial. Aunque se intenta evocar un entorno agreste y salvaje, la construcción evidente de las rocas y la iluminación teatral desvelan la naturaleza escenográfica de la composición. Esta yuxtaposición puede interpretarse como una reflexión sobre la fragilidad de la realidad y la capacidad del arte para crear mundos ilusorios. La escena invita a la contemplación de un espacio delimitado, un refugio o escenario donde se despliegan historias de amor y pérdida, tal como lo sugiere el contexto dramático al que pertenece. La sensación general es la de una atmósfera melancólica, cargada de simbolismo y evocadora de un pasado idealizado.