Leon Bakst – daphnis et chloe set-design-act-ii 1912
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El primer plano está dominado por un conjunto de cipreses verticales, casi arquitectónicos, que flanquean la escena y delimitan el espacio visible. Entre ellos, una figura humana, vestida con ropajes sencillos, se encuentra sentada en el suelo, aparentemente absorta en sus pensamientos o contemplando el entorno. Su postura transmite quietud y melancolía.
El plano intermedio revela un terreno ondulado, cubierto de vegetación exuberante y salpicado de matorrales. Se intuyen caminos serpenteantes que guían la mirada hacia la distancia. La luz, cálida y dorada, baña el paisaje, creando una atmósfera onírica y bucólica.
En el fondo, se aprecia un cuerpo de agua, posiblemente un lago o río, rodeado de colinas suaves. Sobre una de estas elevaciones, se distingue una construcción arquitectónica, quizás una villa o templo, que añade un elemento de misterio y grandiosidad a la escena.
La paleta cromática es rica en tonos ocres, amarillos, verdes y azules, que contribuyen a crear una sensación de calidez y luminosidad. La pincelada es suelta y expresiva, con trazos rápidos y gestuales que sugieren movimiento y vitalidad.
Subtextualmente, la obra parece evocar un mundo idealizado, un refugio bucólico donde el amor y la naturaleza se funden en armonía. La figura humana solitaria podría representar a un personaje atormentado por sus pasiones o buscando consuelo en la belleza del paisaje. La escenografía teatral sugiere una puesta en escena de emociones y conflictos humanos, una representación simbólica de los anhelos y frustraciones del alma. El uso deliberado de elementos artificiales –los cipreses como barreras visuales, el terreno modelado– indica una construcción intencionada de la realidad, un artificio que busca despertar la imaginación del espectador y transportarlo a un mundo de ensueño. La presencia de la arquitectura en la lejanía insinúa una historia, un pasado, una tradición que se proyecta sobre el presente.