Leon Bakst – les femmes de bonne humeur set-design 1917
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El espacio detrás de la cortina se abre a un paisaje urbano mediterráneo, posiblemente un pueblo o ciudad costera. Predominan tonalidades cálidas: ocres, amarillos terrosos y rojizos que definen las fachadas de los edificios. Estos volúmenes arquitectónicos, aunque esquemáticos en su representación, sugieren una estructura urbana densa y laberíntica. Una torre campanario, imponente y central, se eleva sobre el conjunto, actuando como un punto focal visual y simbólico que alude a la presencia de una comunidad religiosa o cultural arraigada.
En primer plano, figuras humanas, representadas con pinceladas rápidas y gestos esquemáticos, interactúan en lo que parece ser una plaza pública. Se percibe movimiento y actividad, aunque las individualidades se diluyen en la masa general. La disposición de estas figuras sugiere un ambiente festivo o cotidiano, donde la alegría y el buen humor parecen impregnar el aire.
La paleta cromática, con su predominio de tonos cálidos contrastados por el azul profundo del cielo, contribuye a crear una atmósfera de calidez y vitalidad. El uso de la perspectiva es deliberadamente simplificado, acentuando la naturaleza escenográfica de la composición. La luz, aunque no definida con precisión, parece provenir de múltiples fuentes, iluminando diferentes áreas del paisaje urbano y creando un juego de sombras que añade profundidad a la escena.
Subyacentemente, la obra plantea una reflexión sobre la representación teatral y la construcción de la realidad. La cortina actúa como metáfora de la ilusión escénica, mientras que el paisaje urbano evoca un mundo idealizado o construido para el entretenimiento del público. Se intuye una crítica implícita a las convenciones teatrales y a la artificialidad inherente al espectáculo, invitando al espectador a cuestionar la veracidad de lo que observa. La aparente sencillez formal esconde una complejidad conceptual que invita a múltiples interpretaciones.