Paul Klee – The goldfish, 1925, Oil and watercolor on paper, mounte
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El pez central, de tonalidades doradas y rojas, se presenta como una figura dominante, su cuerpo adornado con un motivo circular que recuerda a una diana o un ojo. Esta peculiaridad le confiere una importancia especial dentro del conjunto, sugiriendo quizás una observación directa, una focalización en lo vulnerable o incluso una representación de la mirada misma.
Los peces restantes se distribuyen por el espacio de manera aparentemente aleatoria, algunos más definidos que otros, como si surgieran y desaparecieran en las sombras. Su variedad cromática – desde el rojo intenso hasta tonos púrpura y azulados– contribuye a la atmósfera misteriosa y fantástica del cuadro.
La vegetación acuática, representada con trazos lineales y estilizados, se extiende verticalmente, creando una sensación de densidad y opresión. Las ondulaciones dibujadas en la superficie del agua sugieren movimiento, aunque la escena en sí misma permanece estática y contemplativa.
Más allá de la representación literal de un ecosistema acuático, esta pintura parece explorar temas relacionados con la vulnerabilidad, la observación y el simbolismo de la mirada. La oscuridad que envuelve a los peces podría interpretarse como una metáfora de lo desconocido o de las profundidades del inconsciente. El pez central, con su distintivo adorno, invita a una reflexión sobre la individualidad frente al colectivo, o sobre la exposición y la fragilidad inherentes a la existencia. La obra evoca un estado de ánimo melancólico y contemplativo, invitando al espectador a sumergirse en un mundo de símbolos y significados ocultos.