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En primer plano, destacan siluetas arbóreas, representadas con formas alargadas y oscuras, coronadas por pequeñas estructuras azules que podrían interpretarse como macizos o bases. Estas figuras vegetales aportan una nota de verticalidad y vitalidad a la escena, contrastando con la horizontalidad predominante de los edificios. Se observan también pequeños elementos rectangulares, dispuestos en lo alto de algunos volúmenes, que funcionan como banderas o señales, aunque su significado preciso permanece ambiguo.
La ausencia de perspectiva tradicional y la simplificación extrema de las formas contribuyen a una sensación de irrealidad y descontextualización. No se trata de una representación fiel de un lugar concreto, sino más bien de una evocación subjetiva de la experiencia urbana. La repetición de ciertos motivos – los volúmenes cúbicos, las siluetas arbóreas – sugiere una cierta monotonía o alienación inherente a la vida en la ciudad.
El uso del color es fundamental para crear el ambiente general. El ocre, con sus connotaciones de tierra y sol, puede interpretarse como un símbolo de arraigo o de decadencia, dependiendo de la perspectiva del espectador. La presencia de los azules en las bases de los árboles introduce una nota de frescura y contraste, pero también podría sugerir una cierta fragilidad o inestabilidad.
En definitiva, esta pintura invita a la reflexión sobre la naturaleza de la ciudad, su impacto en el individuo y la búsqueda de significado en un entorno cada vez más abstracto y deshumanizado. La obra no ofrece respuestas fáciles, sino que plantea preguntas sobre la identidad, la pertenencia y la relación entre el hombre y su entorno construido.