Paul Klee – The last of the mercenaries, 1931, Watercolor on paper,
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El sujeto porta lo que parece ser un sombrero, también descompuesto en fragmentos geométricos, que cubre parcialmente su frente y contribuye a la sensación de opresión o encierro. Un par de gafas, delineadas con líneas abruptas, cubren sus ojos, impidiendo una conexión directa con el espectador y acentuando la atmósfera de aislamiento. La boca, representada por un pico anaranjado estilizado, se presenta como un elemento perturbador, casi grotesco, que podría aludir a una comunicación interrumpida o a una expresión reprimida. En su mano izquierda sostiene un cigarrillo, cuyo humo se diluye en el espacio, simbolizando quizás la fugacidad de la vida o la evasión de una realidad dolorosa.
La técnica utilizada, con sus pinceladas fragmentarias y su paleta de colores contrastantes, evoca una sensación de inestabilidad y desorientación. El rostro, lejos de ser un reflejo fiel de la identidad individual, se convierte en un mosaico de emociones contradictorias: cansancio, resignación, quizás incluso una sombra de ironía amarga. La composición general sugiere una reflexión sobre la condición humana, marcada por la fragmentación, el sufrimiento y la pérdida de la inocencia. La figura parece encarnar a alguien despojado de su individualidad, reducido a un arquetipo de desgaste y decepción. El gesto de fumar podría interpretarse como un acto de consuelo o una forma de auto-destrucción. La acuarela, con su transparencia inherente, acentúa la fragilidad del sujeto representado y la naturaleza efímera de su existencia.