Paul Klee – Full moon, 1919, Stangel Gallery, Munich
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La paleta cromática es restringida pero expresiva: predominan los verdes, marrones, negros y ocres, interrumpidos por pinceladas de rojo intenso que funcionan como puntos focales visuales. En la parte superior central se ubica un círculo amarillo pálido, que podría interpretarse como una luna, aunque su posición y luminosidad no siguen las convenciones realistas. A lo largo del cuadro, aparecen también círculos rojos más pequeños, distribuidos de forma irregular, que acentúan la sensación de misterio y desasosiego.
El artista ha dispuesto en varios puntos, principalmente a los lados, formas que recuerdan vagamente a árboles o ramas con pequeñas hojas estilizadas. Estas figuras no se integran completamente en el espacio circundante; parecen surgir de él de manera abrupta, contribuyendo a la atmósfera fragmentada y onírica de la obra.
La ausencia de una perspectiva tradicional y la desestructuración de las formas sugieren una visión subjetiva del mundo, más que una representación objetiva de la realidad. El cuadro transmite una sensación de inquietud, de aislamiento y de un paisaje interior marcado por la tensión y el conflicto. La fragmentación visual podría aludir a una ruptura con lo establecido, o a una exploración de los estados emocionales complejos y contradictorios. El uso del color, especialmente el contraste entre los tonos oscuros y los toques de rojo, intensifica esta impresión de dramatismo y misterio. En definitiva, la pintura invita a la reflexión sobre la naturaleza de la percepción y la experiencia humana frente a un mundo ambiguo e inestable.