Paul Klee – Quivering Chapel
Ubicación: Old and New National Galleries, Museum Berggruen (Alte und Neue Nationalgalerie, Museum Berggruen), Berlin.
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En el centro de la escena, destaca una estructura arquitectónica reconocible como una capilla o iglesia. Su representación es esquemática, casi infantil en su simplicidad, pero a la vez imprecisa, como si se tratara de un recuerdo fragmentado. La luz que entra por los vanos resulta difusa y poco definida, contribuyendo a esa sensación de irrealidad.
A la izquierda, una figura humana estilizada observa hacia la capilla. Su rostro es minimalista, con unos ojos grandes y expresivos que sugieren sorpresa o quizás inquietud. La postura del cuerpo, ligeramente inclinada, transmite una sensación de vulnerabilidad y fragilidad. Un gesto, indicado por una línea oblicua, parece señalar la dirección hacia la estructura religiosa, pero sin implicar necesariamente un acto de veneración.
En el extremo superior derecho, se aprecia una forma orgánica, posiblemente representando un queso o una masa irregular, con perforaciones que recuerdan a los poros de la piel. Esta imagen introduce un elemento perturbador y grotesco en la composición, contrastando con la solemnidad implícita de la capilla. La línea roja que emana de esta forma sugiere una conexión visceral, casi sanguínea, entre lo orgánico y lo arquitectónico.
En el primer plano, a los pies de la capilla, se identifica un pequeño palmera, símbolo de vida y resistencia en entornos áridos. Su presencia introduce una nota de esperanza o persistencia frente a la atmósfera general de melancolía.
La pintura parece explorar temas relacionados con la fe, la duda, la memoria y la fragilidad humana. La yuxtaposición de elementos aparentemente inconexos –la capilla, la figura observadora, el queso perforado, la palmera– genera una tensión narrativa que invita a múltiples interpretaciones. No se trata de una representación literal de un lugar o evento, sino más bien de una exploración simbólica del interior humano y sus conflictos internos. La técnica pictórica, con su énfasis en las texturas y los tonos terrosos, refuerza la sensación de misterio y ambigüedad que impregna toda la obra. La ausencia de detalles precisos permite al espectador proyectar sus propias experiencias y emociones sobre la imagen, convirtiéndola en un espejo de lo subjetivo.