Francisco Iturrino – #36400
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Este último, presumiblemente un buey o una res, ocupa una parte significativa del espacio pictórico. La disposición del animal, con las extremidades extendidas y la cabeza lánguida, evoca una sensación de derrota y finitud. El coloración terrosa y apagada acentúa esta impresión de desolación.
El fondo se abre a un paisaje extenso, caracterizado por una planicie dorada que se extiende hasta donde alcanza la vista. En la lejanía, se vislumbra una ciudad o pueblo con una torre prominente, que podría simbolizar la civilización o el progreso, contrastando con la crudeza de la escena inmediata. La presencia de algunas figuras humanas y animales a lo lejos refuerza la sensación de aislamiento del campesino y su carga.
El uso de pinceladas sueltas y una paleta de colores limitada contribuyen a crear una atmósfera opresiva y sombría. La luz, aunque presente, no es brillante ni alegre; más bien, ilumina con cierta frialdad los elementos de la composición.
Más allá de la representación literal de un campesino junto a un animal muerto, esta pintura parece explorar temas universales como el trabajo duro, la pérdida, la inevitabilidad de la muerte y la relación del hombre con la naturaleza. La figura del campesino podría interpretarse como una metáfora de la condición humana, enfrentada a las dificultades de la vida y a la fragilidad de la existencia. El paisaje, vasto e impersonal, subraya la insignificancia individual frente a la inmensidad del mundo. Se intuye un comentario sobre la precariedad de la subsistencia y el peso de la responsabilidad en una sociedad rural.