Pere Daura – Natura morta 1929
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El elemento central es una cesta de mimbre, ligeramente inclinada hacia el espectador, que rebosa con frutos rojos, posiblemente cerezas o granadas, aunque su forma precisa resulta ambigua debido a la pincelada expresiva. Esta cesta actúa como punto focal, atrayendo la mirada y distribuyendo visualmente los demás elementos.
A su alrededor se disponen varias frutas: manzanas de tonalidades verdosas y rojizas, junto con tomates que exhiben una vibrante intensidad cromática. Un recipiente de cerámica, de color verde oliva y con un borde ligeramente elevado, completa el conjunto. La superficie sobre la cual descansa todo parece ser de un tono neutro, quizás grisáceo o marrón claro, que sirve como fondo para resaltar los colores más vivos de las frutas y el recipiente.
El tratamiento pictórico es característico de una búsqueda de síntesis formal. Las formas no se definen con precisión; en cambio, se sugieren a través de pinceladas rápidas y gestuales. La luz parece provenir de una fuente lateral, proyectando sombras que contribuyen a la sensación de volumen y profundidad, aunque esta última es limitada por la perspectiva simplificada.
Más allá de la mera representación de objetos cotidianos, la obra sugiere una reflexión sobre la transitoriedad y la decadencia. La fruta, símbolo de abundancia y vitalidad, se presenta en un estado que insinúa su inminente descomposición. La cesta, con su contenido desbordante, podría interpretarse como una metáfora de la generosidad efímera o de la fugacidad del placer. El recipiente, aparentemente simple, introduce una nota de contención y domesticación frente a la exuberancia natural.
En definitiva, el autor ha logrado crear una imagen que, aunque aparentemente sencilla en su temática, invita a la contemplación sobre temas universales como la vida, la muerte y la belleza efímera. La ausencia de detalles anecdóticos o narrativos refuerza esta impresión de atemporalidad y universalidad.