Rogier Van Der Weyden – Weyden Mary Altarpiece (Miraflores Altarpiece)
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En el panel izquierdo, observamos a la Virgen María sentada sobre un trono ricamente decorado. A su lado, un hombre vestido con ropajes carmesí, presumiblemente San Juan Evangelista, sostiene al Niño Jesús. La figura de María irradia una quietud contemplativa, mientras que San Juan parece ofrecer el infante con una mezcla de reverencia y afecto. El fondo, delimitado por una cortina ornamentada y columnas, acentúa la atmósfera íntima y devocional del espacio.
El panel central es el más dramático. Se muestra un cuerpo inerte tendido sobre las rodillas de dos figuras masculinas barbadas. Una de ellas sostiene un recipiente que parece contener sangre, mientras que la otra observa con una expresión de profunda tristeza. En la lejanía, a través de un arco, se vislumbra una cruz en un paisaje desolado, sugiriendo el contexto del sacrificio y la redención. La luz aquí es más intensa, creando un contraste marcado con los paneles laterales y enfatizando la carga emocional de la escena.
Finalmente, el panel derecho presenta a Cristo resucitado, bendiciendo a una mujer arrodillada ante él. Esta figura femenina, probablemente María Magdalena, muestra una devoción palpable en su gesto y expresión. El entorno se abre hacia un paisaje urbano distante, insinuando la promesa de vida eterna y la trascendencia del sufrimiento terrenal.
La pintura exhibe una meticulosa atención al detalle en la representación de las texturas: los pliegues de las telas, la suavidad de la piel, el brillo de los metales. La paleta de colores es rica y vibrante, con predominio de rojos, azules y dorados que contribuyen a la sensación de opulencia y espiritualidad.
Más allá de la narrativa explícita, se perciben subtextos relacionados con la piedad, el sacrificio, la redención y la esperanza. La disposición de las figuras y su interacción sugieren una compleja red de relaciones humanas y divinas, invitando a la contemplación y la reflexión sobre los misterios de la fe. El uso del arco como elemento arquitectónico unificador no solo enmarca las escenas sino que también sugiere una transición entre el mundo terrenal y el celestial. La composición general transmite una profunda sensación de melancolía y devoción, característica del arte religioso de la época.