Gregorio Prieto Munoz – #02492
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La paleta cromática es terrosa y apagada, dominada por tonos ocres, marrones y amarillos, que contribuyen a la sensación general de antigüedad y decadencia. El marco del fresco está delimitado por un borde anaranjado, que resalta su presencia pero también acentúa su estado ruinoso.
La arquitectura circundante se presenta como una serie de fragmentos: muros descascarados, pilares parcialmente conservados y restos de decoración mural en tonos azules y blancos. Estos elementos arquitectónicos no solo proporcionan un contexto espacial a la escena principal, sino que también refuerzan el tema de la fragilidad del tiempo y la inevitabilidad de la destrucción.
La disposición de los elementos sugiere una reflexión sobre la memoria y la historia. El fresco, como vestigio de una civilización pasada, se yuxtapone con las ruinas arquitectónicas, creando un diálogo visual entre el pasado y el presente. La técnica pictórica, con sus pinceladas sueltas y expresivas, acentúa aún más esta sensación de fragmentación y desintegración.
Subyace en la obra una melancolía profunda, evocada por la representación del deterioro y la pérdida. No se trata simplemente de un registro documental de un fresco antiguo, sino de una meditación sobre el paso del tiempo y la transitoriedad de las creaciones humanas. La luz tenue que ilumina la escena contribuye a crear una atmósfera de misterio y nostalgia, invitando al espectador a contemplar la belleza efímera de lo que ha sobrevivido al olvido.