Lovis Corinth – Self Portrait with Skeleton
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A su lado, se encuentra un esqueleto humano, cuya presencia introduce una dimensión simbólica significativa. El cráneo y la estructura ósea están representados con detalle, aunque con una palidez que acentúa su naturaleza deshumanizada. La proximidad del esqueleto al retratado sugiere una confrontación directa con la mortalidad.
El fondo, visible a través de la ventana, revela un paisaje urbano difuso, posiblemente una ciudad con edificios y chimeneas, envuelto en una atmósfera brumosa. Esta visión distante contrasta con la inmediatez del retrato y el esqueleto, creando una sensación de aislamiento o contemplación. La luz que entra por la ventana ilumina parcialmente al hombre, proyectando sombras sutiles que modelan su rostro y acentúan la textura de sus ropas.
La composición general transmite una reflexión sobre la fugacidad de la vida y la inevitabilidad del destino. El esqueleto no se presenta como una amenaza o un símbolo de muerte violenta, sino más bien como un recordatorio constante de la condición humana: la existencia finita frente a un mundo que continúa su curso. La mirada directa del retratado podría interpretarse como una aceptación estoica de esta realidad, o quizás como una invitación al espectador a contemplar su propia mortalidad. El contraste entre el hombre vivo y el esqueleto muerto genera una tensión visual y conceptual que invita a la introspección sobre los temas universales de la vida, la muerte y el tiempo. La atmósfera general es de quietud y melancolía, reforzada por la paleta de colores apagados y la pincelada suelta y expresiva.