Johan Barthold Jongkind – #29339
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A la izquierda, un molino de viento se alza como elemento central, su estructura imponente contrastando con la horizontalidad del paisaje. Las aspas están detenidas, sugiriendo inactividad o una pausa en el ciclo natural. La textura rugosa de la piedra y la madera del molino, ejecutada con pinceladas expresivas, acentúa su solidez y resistencia frente a las inclemencias del tiempo.
En segundo plano, se distinguen figuras humanas vestidas con ropas gruesas, probablemente campesinos o trabajadores locales, que parecen estar realizando alguna labor en el hielo. Su presencia introduce una escala humana al paisaje, enfatizando la relación entre el hombre y la naturaleza, así como la dureza de las condiciones de vida en este entorno rural.
El cielo, ocupando la parte superior del lienzo, está representado con pinceladas rápidas y dinámicas que sugieren un viento frío y cambiante. La luz es difusa y apagada, contribuyendo a la atmósfera sombría y contemplativa de la escena.
La paleta cromática se limita a tonos fríos: grises, azules, blancos y marrones terrosos, reforzando la sensación de frialdad y desolación. La técnica pictórica es suelta e impresionista, con pinceladas visibles que capturan la textura del hielo, el viento y las nubes.
Subtextualmente, esta pintura podría interpretarse como una reflexión sobre la fragilidad humana frente a la fuerza implacable de la naturaleza. El molino, símbolo tradicional de trabajo y progreso, se encuentra inerte, sugiriendo una posible decadencia o un cambio en los tiempos. La presencia de las figuras humanas, aunque pequeña e insignificante en comparación con el paisaje, denota la persistencia de la vida y la laboriosidad incluso en condiciones adversas. El hielo, como elemento central, puede simbolizar tanto la barrera que separa al hombre del mundo como la posibilidad de un nuevo comienzo tras el deshielo. La obra evoca una sensación de quietud melancólica y contemplación sobre la naturaleza transitoria de la existencia.