Edvard Munch – 1897 The Kiss
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El tratamiento de la luz es particularmente significativo. Una tenue luminosidad dorada emana desde una fuente indeterminada en el fondo, iluminando sutilmente los rostros y creando una atmósfera onírica y envolvente. Este resplandor contrasta con la oscuridad predominante que rodea a las figuras, acentuando su aislamiento del mundo exterior y sugiriendo un espacio privado, casi secreto.
La paleta de colores es restringida: tonos terrosos, ocres, marrones y azules oscuros dominan la escena. Esta elección cromática contribuye a una sensación de intimidad, misterio y melancolía. La ausencia de colores vibrantes refuerza la idea de un momento suspendido en el tiempo, alejado de las preocupaciones cotidianas.
Más allá de la representación literal del beso, esta pintura parece explorar temas más profundos relacionados con la unión, la vulnerabilidad y la pérdida de individualidad dentro de una relación íntima. La forma en que los cuerpos se entrelazan sugiere una dependencia mutua, un anhelo por la fusión completa. La oscuridad circundante podría interpretarse como una metáfora de las incertidumbres y los miedos inherentes a la intimidad, o incluso como una premonición de la transitoriedad del momento. La ausencia de detalles concretos permite al espectador proyectar sus propias emociones y experiencias en la escena, generando una resonancia personal y subjetiva. En definitiva, el autor ha logrado plasmar no solo un beso, sino también la complejidad emocional que subyace a la experiencia amorosa.