Edvard Munch – img749
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El hombre viste un atuendo oscuro, posiblemente una túnica o bata, que se pliega sobre sus rodillas y cae abundantemente hacia el suelo. Una franja roja vertical recorre la prenda, añadiendo un elemento de dramatismo y quizás aludiendo a una herida emocional o física no visible. La silla en la que está sentado parece estar hecha de materiales improvisados, con una estructura tosca y colores contrastantes que sugieren una vida sencilla o incluso austera.
El fondo es una masa de color anaranjado-amarillento, aplicado con pinceladas gruesas y expresivas. Esta atmósfera cálida y difusa crea un ambiente opresivo, casi claustrofóbico, que intensifica la sensación de aislamiento del hombre retratado. A la izquierda, se vislumbra una especie de estructura vegetal o tapiz con tonos verdes y rosados, que introduce una nota de naturaleza en este espacio cerrado, aunque su significado preciso permanece ambiguo.
La iluminación es desigual y dramática; resalta el rostro y las manos del hombre, mientras que el resto de la figura se sumerge en sombras. Esta técnica acentúa la sensación de misterio y sugiere una narrativa oculta. Los objetos dispersos en el suelo – un vaso, lo que parecen ser frutas rojas– contribuyen a la atmósfera desordenada y melancólica.
Subtextualmente, la pintura parece explorar temas como la vejez, la soledad, la enfermedad y la mortalidad. La postura del hombre, encorvado y abatido, sugiere una carga emocional o física considerable. La intensidad de los colores y las pinceladas expresivas transmiten un sentimiento de angustia interior. El contraste entre el fondo cálido y la figura pálida podría simbolizar la lucha entre la vida y la muerte, o la confrontación con la inevitabilidad del declive. La presencia de elementos naturales en un entorno artificial sugiere una añoranza por algo perdido o inalcanzable. En definitiva, se trata de una representación introspectiva que invita a la reflexión sobre la condición humana y los desafíos inherentes al paso del tiempo.