Edvard Munch – img646
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El agua domina gran parte de la superficie pictórica. Se presenta no como una masa uniforme, sino como una miríada de pinceladas azules, verdes, grises y amarillentas que sugieren reflejos de luz y movimiento ondulante. Algunas embarcaciones, delineadas con trazos más definidos en tonos rojizos y oscuros, flotan sobre la superficie acuática, integrándose a su vez en el juego de colores y texturas.
En el horizonte, se vislumbran edificaciones de arquitectura civil, presumiblemente viviendas o edificios públicos, que se desdibujan en una atmósfera brumosa. La luz, aunque difusa, parece provenir del lado derecho, iluminando sutilmente las fachadas y creando un efecto de resplandor sobre el agua.
El autor ha empleado una técnica impresionista, priorizando la impresión visual y sensorial por encima de la representación mimética. La pincelada suelta y la paleta cromática rica contribuyen a crear una atmósfera de quietud y contemplación. La ausencia de figuras humanas acentúa esta sensación de aislamiento y serenidad.
Subtextualmente, la obra podría interpretarse como una reflexión sobre la fugacidad del tiempo y la naturaleza transitoria de la experiencia. La fragmentación de las formas y la disolución de los contornos sugieren una visión subjetiva de la realidad, donde la percepción individual se impone a la objetividad. La escena costera, con su conexión entre el agua y la tierra, podría simbolizar también la dualidad de la existencia humana, oscilando entre lo tangible y lo etéreo. La atmósfera general invita a la introspección y a una apreciación del instante presente.