Edvard Munch – 39625
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El uso del color contribuye significativamente a esta atmósfera tensa. Predominan tonos terrosos – verdes apagados, ocres y rojizos – pero estos se ven alterados por pinceladas de rosa y púrpura que introducen una nota discordante, casi enfermiza. El cielo, con sus tonalidades lavandas y grises, no ofrece consuelo alguno; más bien, intensifica la impresión general de opresión.
En el centro del plano medio, se alzan tres árboles, representados como siluetas oscuras y alargadas que parecen retorcerse bajo la presión de un viento invisible. No son árboles frondosos y vitales, sino figuras esqueléticas que acentúan la desolación del entorno.
La perspectiva es deliberadamente distorsionada; las líneas de fuga se multiplican y contradicen entre sí, impidiendo al espectador establecer un punto de vista estable. Esto refuerza la sensación de inestabilidad emocional y psicológica que impregna la obra.
Más allá de una mera representación de un paisaje, esta pintura parece explorar temas como la angustia existencial, la fragilidad humana frente a las fuerzas naturales, y la búsqueda de sentido en un mundo caótico. La ausencia de figuras humanas sugiere una soledad profunda, una alienación del entorno que invita a la reflexión sobre la condición humana. El artista no busca recrear la belleza natural, sino transmitir una experiencia subjetiva marcada por el desasosiego y la incertidumbre.