Gile – gile the soil 1927
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La paleta cromática domina la escena con tonos cálidos: ocres, amarillos intensos y rojos vibrantes que inundan tanto los planos terrestres como las elevaciones montañosas. El cielo se presenta en un azul contrastante, aunque también simplificado en su forma y coloración. Esta elección de colores sugiere una atmósfera intensa, quizás impregnada de calor o incluso de una cierta tensión emocional.
La disposición de los elementos es notablemente plana y esquemática. Las montañas no se pierden en la distancia mediante la perspectiva tradicional; más bien, se disponen como bloques geométricos superpuestos, creando una sensación de solidez y monumentalidad. La vivienda rural, ubicada al frente del plano medio, se presenta con volúmenes simplificados y una arquitectura rudimentaria que evoca un sentido de arraigo a la tierra. Un camino serpentea desde el primer plano hacia la construcción, invitando al espectador a adentrarse en este espacio estilizado.
La figura humana, apenas esbozada en el extremo inferior del lienzo, se integra discretamente en el paisaje, sugiriendo una relación íntima entre el individuo y su entorno. No es un elemento central de la composición, sino más bien un indicador de la escala y la presencia humana dentro de este mundo simplificado.
En cuanto a los subtextos, la obra parece explorar temas relacionados con la conexión a la tierra, la identidad rural y una búsqueda de lo esencial. La simplificación formal y el uso expresivo del color sugieren una voluntad de trascender la mera representación visual para acceder a un nivel más profundo de significado emocional y simbólico. El paisaje no es simplemente un lugar físico; se convierte en una proyección de sentimientos y experiencias internas, donde la realidad se filtra a través de la subjetividad del artista. La ausencia de detalles realistas contribuye a crear una atmósfera onírica y atemporal, invitando a la contemplación y a la reflexión sobre la naturaleza humana y su relación con el mundo que le rodea.