Diego Rivera – #40260
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En la parte superior central, una figura femenina, vestida con ropajes vaporosos y de apariencia angelical, se eleva sobre un fondo rojizo que recuerda a una cortina teatral. Su expresión es ambigua; no transmite serenidad ni benevolencia, sino más bien una indiferencia distante, casi desdeñosa, hacia los acontecimientos que se desarrollan en la parte inferior del cuadro.
Debajo de ella, el espacio se llena de personajes caricaturescos y deformados. Un hombre con un sombrero de ala ancha y un uniforme oscuro sostiene un estandarte negro adornado con calaveras, símbolo inequívoco de la muerte y la decadencia. A su lado, una figura con cabeza de burro, también ataviada con indumentaria formal, parece participar en la ceremonia con una expresión burlona. La presencia de monos, algunos portando objetos como un abanico decorado con mariposas, añade un elemento de irreverencia y desorden a la escena.
En el primer plano, se aprecia una multitud de rostros deformados por la exageración y la burla. Algunos llevan máscaras o tocados grotescos, mientras que otros muestran expresiones de sufrimiento o resignación. Una figura infantil, con rasgos exageradamente infantiles, sostiene un objeto alargado coronado con una calavera, reforzando el simbolismo macabro del conjunto.
La composición se caracteriza por la ausencia de perspectiva tradicional y la superposición de figuras, lo que contribuye a crear una sensación de caos y confusión. La iluminación es desigual, acentuando los contrastes entre las zonas iluminadas y las sombras profundas.
Subyacentemente, esta pintura parece ofrecer una crítica mordaz a la vanidad humana, la corrupción del poder y la inevitabilidad de la muerte. El uso de símbolos como las calaveras, el burro (a menudo asociado con la estupidez) y los monos (representantes de la naturaleza instintiva y descontrolada), sugiere una visión pesimista de la condición humana y una denuncia de las falsedades y hipocresías de la sociedad. La figura femenina en la parte superior podría interpretarse como una representación alegórica de la indiferencia divina ante el sufrimiento humano, o quizás como un símbolo de la vanidad y la superficialidad que prevalecen sobre la realidad más cruda.