William Schimmel – p-Schimmel 40
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En contraste con este primer plano, la parte superior presenta un paisaje montañoso de proporciones grandiosas. Las cumbres rocosas, bañadas por una luz dorada y envuelta en una neblina azulada, se elevan hacia un cielo dramático, marcado por nubes arremolinadas que evocan tanto belleza como inestabilidad. Sobre una de estas elevaciones, reposa otro ejemplar del mismo felino, adoptando una postura relajada y contemplativa. La presencia de un planeta, posiblemente la Tierra, suspendido en el espacio cercano a las montañas, introduce una dimensión cósmica a la escena.
La yuxtaposición de estos dos planos genera una tensión interesante. El retrato frontal del animal sugiere introspección, individualidad y una conexión directa con el observador. Por su parte, el paisaje montañoso y el planeta distante aluden a la vastedad del universo, la fragilidad del entorno natural y quizás, a la soledad inherente a la existencia.
El uso de colores intensos – azules profundos, dorados vibrantes, blancos impolutos – contribuye a crear una atmósfera irreal y trascendente. La técnica pictórica, con pinceladas precisas y un detallado tratamiento de las texturas, refuerza la sensación de realismo mágico que impregna toda la obra.
Se puede interpretar esta pintura como una reflexión sobre la relación entre el individuo y el cosmos, la conexión entre lo terrenal y lo celestial, o incluso como una alegoría sobre la conservación de especies en peligro de extinción, situándolas dentro de un contexto universal y urgente. La mirada del felino, tanto en su retrato individual como en su representación en el paisaje, invita a la contemplación y a la reflexión sobre nuestro lugar en el universo.