Konstantin Alekseevich Korovin – White night in northern Norway. 1890
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La composición se caracteriza por su horizontalidad, enfatizada por la línea del horizonte difusa y las siluetas alargadas de los barcos. La técnica pictórica es impresionista; pinceladas rápidas y fragmentarias construyen la imagen, evitando contornos definidos y priorizando la impresión visual general. La luz no parece provenir de una fuente discernible, sino que se irradia desde el agua misma, creando reflejos vibrantes sobre las embarcaciones y en la superficie acuática. Estos reflejos, casi tan importantes como los objetos que representan, contribuyen a la sensación de ensueño y misterio.
El autor ha evitado cualquier elemento narrativo explícito. No hay figuras humanas presentes, ni detalles que indiquen una actividad específica. La ausencia de sombras marcadas acentúa la atmósfera etérea, sugiriendo un tiempo suspendido, un momento de quietud absoluta.
Subyace en esta obra una reflexión sobre la naturaleza y su poderío. La inmensidad del paisaje, la luz peculiar que lo ilumina, y la serenidad del agua transmiten una sensación de humildad ante la fuerza natural. La escena podría interpretarse como una representación de la soledad y el aislamiento propios de las regiones polares, pero también como una celebración de su belleza singular y su capacidad para inspirar asombro. La atmósfera general invita a la contemplación silenciosa, a sumergirse en un espacio donde el tiempo parece detenerse.