Konstantin Alekseevich Korovin – Posad Berendeys. 1914
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El autor ha dispuesto elementos arquitectónicos de manera aparentemente aleatoria: fragmentos de muros, techumbres desestructuradas, lo que dificulta la identificación precisa de los edificios representados. No obstante, se intuye una estructura preexistente, ahora descompuesta y absorbida por un entorno natural que avanza sobre ella. La vegetación, representada con manchas verdes oscuras y pinceladas verticales, parece reclamar el espacio antes ocupado por la construcción humana.
La luz es difusa y ambigua; no hay una fuente de iluminación clara, lo que contribuye a la atmósfera opresiva y melancólica del conjunto. Se percibe un halo rojizo en la parte central de la composición, que podría interpretarse como un indicio de fuego o destrucción, aunque también puede ser simplemente el resultado de la paleta cromática utilizada.
Subyace una reflexión sobre la fragilidad de las estructuras humanas frente al paso del tiempo y la fuerza implacable de la naturaleza. La desintegración arquitectónica no se presenta como un proceso lineal, sino como una colisión de fuerzas: lo artificial y lo orgánico, lo construido y lo natural. La obra evoca una sensación de pérdida, de memoria fragmentada, y sugiere una reflexión sobre el devenir histórico y la transitoriedad de las civilizaciones. La técnica expresionista en la aplicación del color y la pincelada intensifica esta impresión de inestabilidad y desasosiego.