Joan Colvin – art 374
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En la parte superior, el ambiente se torna más difuso y sombrío. Se distinguen áreas de vegetación densa, con una paleta que oscila entre verdes apagados y marrones terrosos. Una cascada o corriente de agua desciende por un muro rocoso, creando una sensación de movimiento vertical que contrasta con la estabilidad aparente de los bloques inferiores. La técnica aquí parece más diluida, permitiendo que los colores se mezclen y difuminen, generando una atmósfera brumosa y misteriosa.
La composición no busca una representación realista del paisaje; más bien, construye un espacio onírico donde las formas se superponen y se transforman. El uso de la luz y el color sugiere una tensión entre lo sólido y lo efímero, entre la permanencia de la roca y la transitoriedad del agua y la vegetación.
Podría interpretarse como una reflexión sobre la naturaleza cíclica de la existencia, donde la destrucción y la creación se suceden constantemente. Los bloques pétreos podrían simbolizar la resistencia y la inmutabilidad, mientras que el agua representa el cambio y la renovación. La yuxtaposición de estos elementos genera un diálogo visual complejo que invita a la contemplación sobre la fragilidad y la fuerza del mundo natural. La ausencia de figuras humanas refuerza esta impresión de una naturaleza deshabitada, primordial y autónoma.