Enrique Climent – #38790
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La paleta cromática es restringida, dominando los tonos ocres, amarillos terrosos y verdes apagados. El cielo se presenta como una masa grisácea, sin indicios de luz directa ni atmósfera definida. La pincelada es plana y uniforme, contribuyendo a la sensación de bidimensionalidad y a la desmaterialización del espacio.
En el primer plano, un área verde delimitada por líneas rectas introduce una nota de vegetación, aunque los árboles que se alzan en ella son estilizados hasta el punto de parecer meros indicadores verticales, más que entidades orgánicas. Una línea sinuosa en la parte inferior de la composición parece interrumpir la continuidad visual, reforzando la fragmentación general del paisaje.
La ausencia de figuras humanas y la simplificación extrema de los elementos sugieren una reflexión sobre la memoria y el recuerdo. No se trata de una representación fiel de un lugar concreto, sino más bien de una evocación subjetiva, una reconstrucción mental de un espacio que ha sido despojado de su contexto original. La arquitectura, en particular, parece representar no tanto edificios reales como arquetipos o símbolos de la civilización y la espiritualidad, reducidos a sus formas esenciales.
El conjunto transmite una sensación de quietud melancólica y cierta inquietud. La falta de perspectiva y la discontinuidad espacial generan una atmósfera onírica, donde las leyes de la realidad física parecen suspendidas. La obra invita a la contemplación introspectiva, sugiriendo que el paisaje no es un mero escenario externo, sino un reflejo del estado interior del observador.