Winslow Homer – The Sick Chicken
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La mujer, vestida con un atuendo modesto y característico de la época –un vestido largo de tonos terrosos y un tocado blanco que cubre su cabello– sostiene en sus manos un recipiente pequeño, posiblemente para alimentar a las gallinas. Su postura es ligeramente inclinada hacia adelante, como si estuviera concentrada en la tarea que realiza. La luz incide sobre ella desde un lado, creando sombras que definen su figura y acentúan el volumen de su vestido.
El entorno se presenta con una atmósfera serena y luminosa. La vivienda, de arquitectura rural, se abre parcialmente, revelando un interior sombrío donde se intuyen algunos objetos. El césped verde, salpicado de aves de corral –gallos, gallinas y polluelos– contribuye a la sensación de tranquilidad bucólica. Se aprecia una caseta roja en el extremo derecho, presumiblemente para albergar a las aves.
Más allá de la representación literal de una escena cotidiana, esta pintura sugiere una reflexión sobre la vida rural y sus ritmos pausados. La figura femenina se erige como un símbolo de la laboriosa cotidianidad del campo, conectada directamente con la naturaleza y el ciclo vital de los animales. El gesto de ofrecer alimento a las aves puede interpretarse como una metáfora de la provisión, la generosidad y la conexión entre el ser humano y su entorno.
La paleta de colores, dominada por tonos cálidos –amarillos, ocres, verdes– refuerza esta impresión de calidez y familiaridad. La pincelada es fluida y suave, contribuyendo a crear una atmósfera difusa y onírica. El uso de la luz, con sus contrastes sutiles, acentúa la sensación de quietud y contemplación.
En definitiva, la obra invita a una reflexión sobre la sencillez de la vida rural, la conexión entre el ser humano y la naturaleza, y la belleza que reside en los detalles aparentemente insignificantes del mundo que nos rodea. La escena, aunque aparentemente simple, encierra una profundidad simbólica que trasciende su representación literal.