Nikolay Feshin – Still Life with a Teapot (1948)
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A su alrededor, el espacio se llena de elementos aparentemente cotidianos: un plato azul cobalto, con una textura rugosa y vibrante; unas frutas anaranjadas, delineadas con toques de amarillo y ocre, que aportan calidez a la escena; y unas flores blancas, delicadamente insinuadas entre las sombras. La disposición de estos objetos no parece obedecer a una lógica espacial convencional; más bien, se organizan en función de su potencial expresivo.
El fondo es un campo neutro, construido con tonos grises y blancos que permiten que los elementos frontales resalten. Sin embargo, este fondo no es uniforme; la pincelada visible revela una textura palpable, casi táctil, que contribuye a la sensación general de inestabilidad y dinamismo. Se percibe una cierta tensión entre la solidez aparente de los objetos representados y la fragilidad de su emplazamiento en el espacio pictórico.
La paleta cromática es limitada pero efectiva: predominan los tonos fríos del azul y el gris, contrastados con los cálidos amarillos y naranjas. Esta contraposición genera una vibración visual que intensifica la sensación de movimiento y vitalidad. El uso de la luz no es naturalista; más bien, parece emanar de un origen interno, iluminando selectivamente ciertos detalles y sumiendo otros en la penumbra.
Más allá de la mera descripción de objetos, esta pintura sugiere una reflexión sobre la percepción y la memoria. Los elementos reconocibles se transforman en símbolos ambiguos, evocadores de emociones y sensaciones subjetivas. La distorsión formal y el tratamiento expresivo de la pincelada sugieren una búsqueda de significado más allá de lo visible, un intento de capturar la esencia intangible de la realidad. Se intuye una melancolía subyacente, una sensación de transitoriedad que impregna toda la composición. La obra invita a la contemplación y a la interpretación personal, dejando al espectador la tarea de desentrañar sus múltiples capas de significado.