Paolo Ricci – #15609
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Los olivos, con sus troncos retorcidos y ramas densas, ocupan los márgenes izquierdo y derecho del lienzo, funcionando como elementos protectores o guardianes de la vista que se abre ante nosotros. Su presencia imponente sugiere una arraigada conexión con el territorio, evocando resistencia y longevidad. La textura rugosa de sus cortezas, meticulosamente representada, contrasta con la suavidad aparente del agua.
El cuerpo principal de la pintura está dominado por un mar azul intenso que se extiende hasta perderse en la lejanía. En la costa opuesta, una silueta montañosa se dibuja contra un cielo rosado, indicando quizás el momento crepuscular o el amanecer. La luz, aunque difusa, parece emanar de esa dirección, bañando sutilmente la escena con tonos cálidos y creando una atmósfera serena y contemplativa.
En el plano medio, se vislumbra una pequeña península rocosa que se adentra en el mar, coronada por lo que parecen ser construcciones humanas, quizás ruinas o un pequeño asentamiento. Esta presencia humana, aunque discreta, introduce una nota de historia y civilización en la naturaleza salvaje del paisaje.
La paleta cromática es limitada pero efectiva: azules profundos para el agua, verdes variados para la vegetación, tonos terrosos para los olivos y toques rosados y ocres para el cielo y las montañas lejanas. La pincelada es fluida y uniforme, contribuyendo a una sensación de calma y quietud.
Subtextualmente, la obra parece explorar temas como la relación entre el hombre y la naturaleza, la memoria del tiempo y la persistencia de la cultura en un entorno natural. Los olivos, símbolos universales de paz y sabiduría, sugieren una reflexión sobre la historia y las tradiciones arraigadas en este lugar específico. La presencia de las ruinas evoca la fugacidad de las civilizaciones y el paso inexorable del tiempo. En definitiva, se trata de una pintura que invita a la contemplación y a la introspección, ofreciendo una visión poética y evocadora de un paisaje mediterráneo atemporal.