Tomas Campuzano Y Aguirre – #07821
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El terreno se eleva gradualmente hacia una serie de colinas y montañas difuminadas en la distancia. La paleta cromática utilizada para estos elementos es más apagada, con tonos ocres, grises y violetas que contribuyen a su atmósfera brumosa e inasible. Esta técnica de degradación tonal acentúa la lejanía y sugiere una extensión ilimitada del paisaje.
El cielo ocupa una parte significativa de la composición. Se aprecia una formación nubosa irregular, pintada con pinceladas ligeras y transparentes que sugieren movimiento y dinamismo. La luz, aunque difusa, parece provenir desde un punto ligeramente elevado, iluminando las cimas de las montañas y creando sutiles contrastes de claroscuro.
La atmósfera general es de quietud y melancolía. No hay figuras humanas ni animales presentes, lo que refuerza la sensación de soledad y aislamiento. La pincelada suelta y el uso del color aguado sugieren una búsqueda de la inmediatez y la espontaneidad en la representación del paisaje.
Subtextualmente, la obra podría interpretarse como una reflexión sobre la naturaleza transitoria de las cosas. La bruma que envuelve las montañas, los árboles despojados de su exuberancia, el cielo nublado... todo ello apunta a un mundo en constante cambio y decadencia. También se puede percibir una cierta nostalgia por un pasado idealizado, un retorno a la tierra y a sus raíces. El paisaje, con su belleza austera y silenciosa, invita a la contemplación y al recogimiento interior. La ausencia de elementos narrativos concretos permite que el espectador proyecte sus propias emociones e interpretaciones sobre la escena.