Juan Fernandez Bejar – #23941
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Las figuras, aparentemente niños, están vestidas con atuendos inusuales, patrones geométricos que recuerdan a trajes de arlequín o bufón, aunque desprovistos de cualquier alegría o teatralidad. Sus rostros exhiben expresiones serias, casi melancólicas, que contrastan con la inocencia esperable en niños. La mirada directa al espectador es intensa y carente de afecto, generando una sensación de extrañeza e incomodidad.
El espacio arquitectónico donde se ubican los niños parece artificial, un decorado teatral sin profundidad real. Un banco bajo sirve como asiento para algunos de ellos, mientras que otros permanecen de pie, con posturas rígidas y poco naturales. Un pequeño pájaro blanco, posado sobre el brazo de uno de los niños, introduce un elemento simbólico ambiguo: ¿es una ofrenda, una carga o simplemente un objeto decorativo?
La disposición de las figuras sugiere una jerarquía sutil. Los niños más grandes se sitúan en la parte superior del marco, mientras que los más pequeños ocupan el primer plano, creando una sensación de perspectiva inusual y desestabilizadora. Los zapatos negros, colocados al pie de la composición, parecen abandonados o perdidos, reforzando la atmósfera de abandono y desolación.
Subtextualmente, la obra parece explorar temas relacionados con la infancia perdida, la inocencia corrompida y la artificialidad de las convenciones sociales. La uniformidad en el vestuario y la expresión facial sugiere una pérdida de individualidad, una conformidad impuesta desde fuera. La ausencia de interacción entre los niños implica un aislamiento emocional, una incapacidad para conectar con los demás. El pájaro, como símbolo recurrente en el arte, podría representar la libertad o la esperanza, pero su presencia aquí se siente más bien como una ironía amarga, una promesa incumplida. En definitiva, la pintura invita a una reflexión sobre las presiones que pueden afectar a la infancia y la pérdida de autenticidad en un mundo cada vez más artificial.