Philadelphia Museum of Art – David Teniers II, Flemish (active Antwerp and Brussels), 1610-1690 -- The Alchemist
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En primer plano, una figura anciana, de larga barba blanca y ataviada con ropas sencillas, se inclina sobre un escritorio. Su rostro muestra concentración, casi obsesión, mientras examina algo que sostiene en sus manos; parece ser una pieza metálica o mineral. A su lado, un niño observa atentamente la acción del adulto, reflejando quizás el deseo de aprender y participar en este mundo misterioso.
El laboratorio está repleto de instrumentos y materiales asociados a la alquimia: alambiques, crisoles, matraces, libros abiertos con diagramas intrincados, piedras preciosas o semipreciosas, huesos, un cráneo humano, una jaula con un ave rapaz (posiblemente un búho, símbolo de sabiduría) y una variedad de recipientes que contienen líquidos de colores. La presencia del gato, observando la escena con curiosidad, añade un toque de vitalidad doméstica a este ambiente científico.
La composición es meticulosa; el artista distribuyó los elementos para guiar la mirada del espectador. El uso de la luz y la sombra crea una atmósfera de misterio y sugiere que hay más en esta escena de lo que se ve a simple vista. La disposición de los personajes, con el anciano como figura central y el niño como observador, podría interpretarse como una transmisión de conocimiento o un rito de iniciación.
Más allá de la representación literal del laboratorio alquímico, la obra sugiere subtextos relacionados con la búsqueda del saber, la transmutación (tanto física como espiritual), la vanidad humana y la relación entre el hombre y la naturaleza. La acumulación de objetos podría simbolizar la ambición desmedida o la obsesión por el conocimiento, mientras que la presencia del cráneo recuerda la fragilidad de la vida y la inevitabilidad de la muerte. En definitiva, se trata de una pintura que invita a la reflexión sobre los límites del conocimiento humano y las aspiraciones más profundas del espíritu.