Philadelphia Museum of Art – Antoine Coypel, French, 1661-1722 -- Bacchus and Ariadne on the Isle of Naxos
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A ambos lados de estos personajes principales se despliega un grupo heterogéneo de figuras masculinas, reconocibles por sus rasgos satíricos: orejas puntiagudas, cabellos enmarañados y una actitud despreocupada que sugiere embriaguez o abandono a los placeres terrenales. Algunos tocan instrumentos musicales –una viola de arco, un instrumento de cuerda– mientras otros se dedican a recoger flores o simplemente observan la escena con miradas lúdicas.
En el extremo superior derecho, una agrupación de querubines flota entre la vegetación, dispersando pétalos y contribuyendo a la atmósfera de ensueño y celebración. La luz, cálida y difusa, ilumina selectivamente los rostros y las figuras más importantes, creando un juego de claroscuros que acentúa el dramatismo del momento.
El paisaje, con su costa rocosa y el mar azul intenso al fondo, proporciona una profundidad espacial a la composición. Se intuye la presencia de una ciudadela o fortaleza en la lejanía, aunque esta se diluye en la bruma atmosférica.
Subtextualmente, la pintura parece explorar temas como el amor, el abandono, la transformación y la divinidad. La figura femenina podría representar a una víctima de su propio destino, rescatada por una fuerza superior –el hombre que le tiende la mano–, quien a su vez es acompañado por un séquito de criaturas míticas que simbolizan la fertilidad, el vino y los placeres sensuales. El gesto de la mujer, ambiguo entre la súplica y la aceptación, sugiere una transición o metamorfosis, posiblemente relacionada con la mitología del dios Baco y su corte. La exuberancia natural y la atmósfera festiva contrastan con la posible melancolía expresada en el rostro de la mujer, sugiriendo una complejidad emocional subyacente a la aparente alegría. El uso de los querubines refuerza la idea de un evento trascendental, un momento de gracia divina que transforma el destino terrenal.