Andrea Mantegna – Trivulzio Madonna (1494-1497)
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El espacio se organiza en varios planos. En primer término, a ambos lados de la figura central, dos figuras masculinas flanquean la composición. A la izquierda, un hombre con barba y cabello largo, ataviado con una túnica rojiza, sostiene lo que parece ser un cayado o báculo, y al pie de él se encuentra un cráneo, elemento simbólico de mortalidad y transitoriedad. A su derecha, otro hombre de edad avanzada, con larga barba blanca y vestimenta similar, porta un pequeño modelo arquitectónico, posiblemente una iglesia o catedral, lo que podría indicar un vínculo con el patrocinio religioso o la construcción de templos.
En la parte superior del arco, se aprecia una especie de anillo formado por múltiples rostros infantiles, dispuestos en actitud de adoración o contemplación. Esta disposición inusual crea una atmósfera etérea y casi sobrenatural, elevando la escena a un plano trascendental. La presencia de estos pequeños rostros podría interpretarse como alusiones a las almas redimidas o a los niños que han fallecido en gracia.
El uso del color es notable: el azul intenso de la vestimenta de la figura central contrasta con los tonos cálidos y terrosos de las túnicas masculinas, creando un equilibrio visual. La luz, aunque difusa, ilumina principalmente a la Virgen y al Niño, enfatizando su importancia dentro de la composición.
Subtextualmente, la pintura parece explorar temas como la maternidad divina, la redención, el paso del tiempo y la relación entre lo terrenal y lo celestial. El cráneo presente en primer plano introduce una nota de melancolía y recordatorio de la fragilidad humana, mientras que los frutos abundantes simbolizan la promesa de vida eterna. La figura masculina con el modelo arquitectónico podría representar a un mecenas o constructor, sugiriendo una conexión entre el arte religioso y el poder terrenal. En conjunto, la obra transmite una profunda sensación de devoción y esperanza, invitando a la contemplación sobre los misterios de la fe.